25 marzo, 2018

No es un poema


Me gustas.
Quiero besarte.
Otra vez y otra vez.
Recorrer los kilómetros que hagan falta.
Sentirme entre tus brazos.
Compartir ideas.
Escucharte.
Y besarte, te digo.

No más.
No más.
¿Para qué si he de desaparecer pronto?
¿Para qué si estamos lejos?
¿Para qué? ¿Para qué?

Para sentir que el amor
permanece
a pesar de nosotros mismos.


Abril G. Karera
25 de marzo de 2018

12 febrero, 2018

La elegancia del pasado


"Pero si se teme el mañana es porque no se sabe construir el presente, y cuando no se sabe construir el presente, uno se dice a sí mismo que podrá hacerlo mañana y entonces ya está perdido porque el mañana siempre termina por convertirse en hoy, ¿lo entendéis?"



Ahora que leí La elegancia del erizo sentí que algo me faltaba. Estaban ahí las disertaciones de Paloma y Renée sobre la vida misma, sobre las máscaras que usamos, la banalidad a la que tanta importancia damos. Hablaban con pasión de la lectura, del arte de comerse un chocolate o de lo difícil que a veces resulta la filosofía. Paso a paso seguí el hilo de sus pensamientos y no dejaba de sentir el vacío en el pecho. Pero ¿qué es lo que me falta? Me preguntaba. Era evidente que la prosa de Muriel Barbery no es algo que encuentras a la vuelta de la esquina, en su lentitud hay cierto sosiego y gracia, pero no terminaba de convencerme. ¿Será porque ya vi la película? Me preguntaba preocupada. La vi hace mucho tiempo y no recordaba bien la trama, pero tenía presentes algunos episodios que cuando los encontré en la prosa, me parecieron fieles a lo que se narraba. 
La elegancia del erizo es la historia de Renée, una mujer muy culta que se hace pasar por una portera ignorante. Trabaja en un edificio de departamentos para ricos y, encajando perfectamente en el cliché de la gente con dinero, ni uno de los vecinos se percata de la mente aguda que cuida la entrada día tras día. Todo cambia cuando llega el señor Ozu y en tan sólo un intercambio de palabras, descubre lo que nadie ha podido: Renée es mucho más de lo que aparenta. Paralelamente se desarrolla la historia de Paloma, una niña de doce años que considera haber observado lo suficiente en la vida como para saber que no le espera un destino distinto al de los adultos que conoce y, por tanto, decide que la mejor manera de poner fin a esa agonía es suicidándose en su próximo cumpleaños. Por supuesto, aunque considera inamovible su decisión, otros pensamientos van floreciendo en ella después de entablar conversaciones con Renée y el señor Ozu.
Es la capacidad de observación lo que une a estos tres personajes. Paloma y su escrutinio diario hacia su familia; Renée y su contemplación a través de la ventana que le confirma día tras día que no pertenece a ese lugar, que su vida está en la lectura; y el señor Ozu que ya no tiene miedos y sí muchas ganas de apreciar lo que el mundo le ofrece. Y entonces intercambian puntos de vista, se muestran entre ellos sus pequeños grandes descubrimientos y forjan lo que considero lo más valioso de una amistad: la capacidad de escuchar al otro, de alentar y crecer con sus palabras. ¿Y entonces por qué siento que me quedó algo a deber esta historia?



Vi por segunda vez la película porque, de algún modo, quería revivir las emociones que tuve cuando la vi por vez primera, pero eso no sucedió. En esta segunda mirada me pareció, incluso, opaca. Veloz en la secuencia, pero lenta en la transformación de sus personajes. Renée no se parece a Renée debido a la ausencia de sus diatribas filosóficas que abundan en el libro y que no se asoman en la versión cinematográfica, sólo como que las intuyes. Y me di también cuenta de otra cosa, la vida ha cambiado por completo. Quiero decir, que cuando vi por primera vez la película estaba acompañada de un gran amigo y el intercambio de nuestras perspectivas honró el espíritu de la historia. A nuestra manera, convertidos en Renée, Paloma o el señor Ozu, comentamos las escenas, las ideas, las reacciones y nos pareció que nos mostraban algo. Cobró sentido para nosotros la elegancia del erizo, el arte de forjar un mundo y estar llenos de púas. Y aún recuerdo la emoción de haber llegado a un descubrimiento, el placer que embarga cuando tienes una charla más que satisfactoria. Y, sin embargo, ahora que leí el libro y volví a ver la película, eso no apareció.
Y más allá de que considero que Barbery insiste de más en ciertas ideas que vuelven cansada su prosa. Más allá de que considero ese final como uno de los mejores por inesperado, contundente y hermoso. Más allá de todas esas consideraciones, creo que hay momentos en la vida para encontrarse con ciertas historias. Esa conjunción de tiempo y acción es irrepetible, se goza sólo una vez. Y no es que en esta experiencia no haya podido llegar a nuevas conclusiones, es sólo que me faltó la compañía, el intercambio, esa soledad compartida de la que habla el libro y que se traslapó a la realidad casi inmediatamente. No sé mi explico. Hay historias que asociamos a personas y se vuelven incompletas cuando esas personas ya no están. Claro, puedo esforzarme en hallar otro brillo, otras ideas, pero será otra cosa, no lo que fue y que tan feliz me hizo; sólo otra cosa. Así pues le doy la razón a esta historia: "Quizá estar vivo sea esto: perseguir instantes que se mueren".

28 enero, 2018

No subrayo mis libros, pero los tiro

Fotografía tomada de El País


No subrayo mis libros.
No escribo en los márgenes.
No uso post-its.
Mucho tiempo pensé que eso me hacía una mala lectora. Ni siquiera podía excusarme diciendo que rayar libros estaba mal, porque no me lo parece.
Lo que sí hago es regalar mis libros favoritos o prestarlos mucho. 
Alguna vez intenté rayar mis ejemplares o señalar de alguna manera mis citas favoritas, pero fue algo que duró muy poco, si acaso diez lecturas. Y no era que me sintiera mal haciéndolo, sino que se me olvidaba.
Cuando encuentro alguna cita que me gusta, lo que hago casi siempre es tuitearla. O escribirla en mi diario. También intenté llevar una libreta de citas literarias, pero no llené más de dos páginas. Aunque eso sí, de mis lecturas en digital realmente disfruto subrayar lo que más me gusta, me parece tan sencillo de hacer que lo hago. Y no es que subrayar con pluma o lápiz no sea sencillo, sino que nunca cargo alguno porque la mayor parte del tiempo que dedico a leer lo consumo en el transporte público. Y con tanto movimiento, se vuelve difícil la maniobra. Y, sobre todo, se me olvida. Les digo que se me olvida.
Algo de lo que sí me jacto es que muchas veces los libros se me caen. Los tiro sin querer en el metro, al bajar de la combi o mientras leo en el jardín. Se me han caído libros en charcos y también han sido pisados por transeúntes o aplastados por las puertas del transporte público. A veces los dejo en mi regazo y se me olvida que los tengo ahí cuando me pongo de pie (una vez perdí uno de esa manera, ni siquiera me di cuenta cuando se me cayó). Entonces se azotan. Pobres de mis libros porque quedan manchados o con páginas lastimadas y me duele. Pero luego se me olvida. Y luego me acuerdo cuando los vuelvo a ver y siento una especie de emoción, algo como: "Ah, ese libro estuvo bien leído".
Eso sí, cuido con mi vida los ejemplares de otras personas porque conozco lectores que aman tanto sus libros que una sola mancha los pone mal. A mí no, la verdad. 
Creo que la relación que cada lector elige con sus libros es válida, cada quien va explorando y tomando lo que mejor le funciona. Yo pasé por varias etapas antes de decidir definitivamente que eso de subrayar mis ejemplares simplemente no se me daba. Y tengo amigos que también tuvieron un proceso para admitir que lo de ellos sí era escribir en los márgenes y cosas así. El chiste, pienso, es ir experimentando. No creo en la sacralización de los libros, es decir, no me parece que sean objetos intocables, así que si no los rayo es sólo porque no se me da. Pero igual respeto a los lectores que dicen: "Cuida con tu alma este libro porque es muy importante para mí, espera, mejor no te lo presto". 
¿Cómo vuelvo míos los libros? Leyéndolos. Y creo que nada más. Bueno, y maltratándolos sin querer... un poco... Los que más me gustan no duran mucho conmigo, me afano siempre en que más personas los lean.
Desde cuándo tengo ganas de hacer un libro viajero, ése sí lo rayaría porque es el chiste, reunir las impresiones de todos los lectores en sus páginas y luego revisarlo para disfrutar todo lo anotado. Un día me animaré.


Y tú, ¿cuál es tu relación con los libros? ¿Los subrayas? ¿Los cuidas mucho? Cuéntame, me alegrará leer lo que compartes.

22 enero, 2018

Nuevo ensayo

Hace ocho años y medio vine a vivir a la Ciudad de México para estudiar la Universidad. No tenía idea de lo que me esperaba y, aunque tenía un poco de miedo, era mayor mi emoción. Este blog me acompañó desde entonces. Funcionó como una especie de diario donde relaté vivencias con amigos y con amores, donde podía desahogarme cuando me sentía triste, sola o frustrada. Y luego... pues la vida siguió su camino y casi sin darme cuenta dejé de publicar mis escritos. Las cosas han cambiado muchísimo, por supuesto. Me mantengo en la ciudad casi de puro milagro. Tengo proyectos que antes sólo eran un sueño. Cosas así. En algún momento consideré seriamente borrar este blog o, al menos, no volver a escribir nunca más en él y archivarlo como un tesoro virtual, al que regresaría con los años como regreso a mis diarios de infancia. Pero no pude. Así que aquí estoy, otra vez. 

No pude borrar este blog porque tiene mucho de mí.
No pude porque a veces me sorprendo pensando: "Oh, esto podría escribirlo en el blog".
No pude porque Ensayos de Abril nació aquí.

Esta es una breve presentación para esta nueva etapa:

Hola, me llamo Gabriela, pero elegí el nombre de Abril a los diez años.
He encontrado tres palabras que me definen a la perfección: booktuber, onironauta y feminista.
Mi color favorito es el rojo.
Dos artistas que amo: Natalia Lafourcade e IU.
Ir sola al cine es una de mis actividades favoritas.
La comida asiática está en mi top de placeres.
No concibo la vida sin el baile y la cantada.
La seriedad habita mi rostro, pero soy chida.
Leer es mi vida.


¿Me cuentas algo de ti? Gracias por acompañarme en este nuevo ensayo.